Voluntariado en Zambia


Álvaro Jiménez Navarro, exalumno del Colegio Arenas, vivió este verano una experiencia única en Zambia, lugar hasta donde se desplazó para realizar labores de voluntariado a través de la ONG KUBUKA-Más por Ellos.

 Durante un mes convivió con los habitantes de Kasiya y Mwandi, lugares en donde llevó a cabo, junto a otros voluntarios, un campamento de verano para niños, así como talleres para adultos; al tiempo que ayudaba en distintos proyectos con los que cuenta la Organización.

 A través de esta carta, Álvaro comparte su experiencia con la esperanza de que otras personas se animen a participar en estos proyectos solidarios, que, según nos cuenta, “cambian la vida



 

POR MÍ, POR ELLOS

 

Tengo 24 años y, a principios de 2017, en un arrebato de organización, me planteé la siguiente cuestión: ¿Qué hacer el verano que viene? Llegados a este punto, las opciones eran claras: por un lado, disfrutar de un verano como todos los anteriores: piscina, playa, amigos, festivales… En absoluto un verano aburrido, pero sí repetido anteriormente; o, por otro lado, hacer algo diferente.

En mi estancia en Inglaterra, hablando con diferentes compañeros, me plantearon la posibilidad de realizar un voluntariado, actividad que desconocía o de la que había oído hablar de pasada, y que me llamó la atención. Una vez planteada esta última opción, decidí investigar por mi cuenta.

Existen miles de ofertas para realizar un voluntariado, ya que la demanda de ayuda es altísima; pero, para ser honestos, hay que tener mucho cuidado a la hora de elegir, pues, aunque la oferta sea extensa, las condiciones de dichas ofertas son, en algunos casos, ambiguas; o requieren un alto nivel económico; y, en casos extremos, peligrosas. Pero me hablaron de una ONG, KUBUKA-Más por Ellos, fundada por jóvenes emprendedores, muy bien organizada. Así que entregué los documentos necesarios, superé las tres fases de selección obligatorias y me aceptaron.

Mi destino fue Zambia, país al sur de África, a unas veinticuatro horas en avión desde  España. Lejos, muy lejos. País de habla inglesa, con personas amables y generosas. País gobernado por el caos, pero en donde el caos es la forma de organización; con un encanto especial, algo que te llama a quedarte, que te llama a ayudar.

Un grupo de diez voluntarios llegamos para quedarnos durante un mes y desarrollar distintas actividades en dos ubicaciones diferentes: Kasiya (comunidad alejada de la ciudad, sin electricidad ni agua corriente) y Mwandi (cerca de la ciudad y con mayor desarrollo). En estos dos lugares, desempañamos un campamento de verano para niños, así como talleres para adultos; o ayudábamos en los diferentes proyectos con los que cuenta la Organización.

Realizar un voluntariado no es unas vacaciones: es importante tenerlo en cuenta antes de embarcarse en esta “aventura”. Dure lo que dure, consiste en ayudar, colaborar, trabajar e implicarse al doscientos por cien de tus capacidades en favor de los habitantes del lugar en donde lo realices. Ellos saben, por regla general, que tú vas allí a ayudar, saben que tú estás sacrificando tu tiempo, saben que en el lugar de donde procedemos tenemos una casa, ropa, libros, escuelas y, sobre todo, tenemos el lujo de no pasar hambre, por lo que el “espíritu del voluntario” debe estar presente durante toda tu estancia.

 

En ningún caso, ser consciente de lo anterior impide que, en algunos momentos desde mi experiencia personal, existan días tristes, días de “bajón”, e incluso en algunas ocasiones te plantees si lo que estás realizando es útil para ellos a largo plazo o no. Sin embargo, al transcurrir el tiempo y ya de vuelta, te das cuenta de que sí lo es, porque algo, aunque sea muy pequeño, es mejor que nada.     
                      

Durante treinta días conviví las veinticuatro horas con diez voluntarios, todos con el mismo fin, así como con gente local, con personas que pedalean con bicicletas en mal estado durante horas para poder llegar a la ciudad y vender sus verduras. Escuché hablar de comunidades en donde los niños se levantaban a las dos de la mañana para llegar al colegio a las seis, porque la única manera de llegar es andando durante cuatro horas, para luego hacer el recorrido contrario de vuelta a casa, cenar, dormir, y hasta el día siguiente.

Viví en una comunidad en donde los niños tienen como actividades preferentes la ganadería y la agricultura; y, como actividad secundaria, el colegio; es decir, lo primero es recoger los tomates cuando estén listos, cuidar el ganado, labrar la tierra…; y después, en última instancia, asistir a la escuela. Una comunidad en donde comer verduras es un manjar y no un “¡qué asco!”; en donde se canta, se baila, se juega al fútbol sin zapatillas, en tierra, con piedras del tamaño de nuestra mano y con porterías con palos de madera, con pelotas de tela y en donde un gol es digno de alegría y da fuerzas para seguir luchando. ¿Quién no se emocionaría cuando, al levantar la mano para que te “choque los cinco”, una niña se esconda pensando que será un golpe, otro más; cuando al pintar cada uno su dibujo, algunos son incapaces de enseñártelo por miedo y vergüenza a que esté mal y, como represalia, haya un castigo?.

Había oído que la realización de un voluntariado te satisface de manera personal o es una experiencia inolvidable y te cambia la vida. De ambas puedes estar seguro, te lo garantizo. Es tal el bofetón de realidad, la montaña rusa de emociones y la entrega personal, que cuando vuelves a casa te das cuenta de que estás vacío, y solo el transcurso del tiempo te irá asentando poco a poco las experiencias personales vividas.

 

Este texto tiene como fin el de animar a todos los que sientan dentro de sí ese “espíritu voluntario” a que ayuden y colaboren, no solo desde una perspectiva internacional: existen mil formas de hacerlo. Si tú quieres, puedes.

 

ÁLVARO JIMÉNEZ NAVARRO

(Antiguo alumno del Colegio Arenas)          


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